Hacienda me adora

Desde hace ocho años, Hacienda me escribe cartas.

Comienza con una petición de declaración, a la que sucumbo. Después me requiere, me revisa palmo a palmo, me busca defectos, alguna vez me apremia- ¡santa Providencia!- y me embarga de emoción.

Desde hace ocho años, colecciono perlas. Perlas literarias. Y cada vez que Hacienda me escribe, me digo: “No puede ser mejor que la anterior”. Pero, sí, consigue sorprenderme y siempre se supera.

 

Su última carta tiene trece folios. ¡Nunca me había escrito tanto! Tan asombrada estaba que los conté, por si venían mal enumerados: uno, dos, tres… hasta trece. Hay algún párrafo del que sólo me resultan inteligibles los signos de puntuación, pero esta vez mi sorpresa es que he comprendido (creo) casi todo, y eso me preocupa porque me lleva a pensar que, a lo mejor, empiezo a escribir igual de raro. O, a lo mejor, es que he tenido suerte y he encontrado a alguien a quien le gusta hacerse entender.

A veces, el Tribunal Económico-Administrativo, cuya intercesión como intérprete suelo buscar, tampoco comprende muy bien por qué Hacienda me dice algunas cosas, y a menudo el TEAR le manda repetir. El año pasado debió de ponerle un cero patatero y Hacienda tuvo que admitir la declaración que le hice en 2010, tal cual, sin pegas.

Hacienda es como un amante díscolo, que me hace penar amargamente. Yo contesto enseguida a sus requerimientos, pero ella me mantiene cual novia que, temerosa ante la tardanza del amado, espera, pegada al teléfono, durante meses y meses.

Desde hace ocho años, Hacienda me escribe cartas.

Esta vez me daba mucha pereza pararme a desentrañar los argumentos que utiliza en sus treces folios para rechazarme. Sin embargo, admito que se me pusieron los ojos como platos cuando, en una primera y rápida lectura, creí leer, como justificación de sus largas demoras y de su críptico lenguaje, que ¡ellos son tan pocos y nosotros somos tantos!

Entonces, he recordado que un sindicato de técnicos de Hacienda cuenta que dedican el 80 % de su trabajo a “controlar a los controlados”, a los pequeños contribuyentes, porque es más fácil que hacerlo con los grandes, y hay un sistema de incentivos por el que cuanto “más papel se saca, más se cobra”.

A mí me toca esta lotería (la del control de los controlados) todos los años, y me desespera que, año tras año, Hacienda me pida la misma documentación (contratos, escrituras, registros), porque este amante mío ni siquiera tiene memoria. Y me toca esa lotería, me dice ahora Hacienda, a pesar de que yo no presento “indicios de un especial riesgo fiscal”. ¡Gracias a Dios! Porque, de no ser así- continúa-, habría “ejercido un control tributario todavía más intenso”. Prefiero pensar que son excusas de amante desdeñoso, y que no hay detrás de esas palabras una intencionalidad que no quiero percibir; algo así como: ¡cuidado, que puede ser peor!

Desde hace ocho años, colecciono perlas. Algunas, por insultantes; algunas, porque sí; algunas por ininteligibles.

Confieso que alguna vez, después de varias lecturas, me he preguntado: “¿me está diciendo que sí o que no?” Mi amiga Sofía dice que intentó explicarle a Hacienda que, a pesar de diez años de escuela, cuatro de instituto, cinco de carrera y veinte de ejercicio periodístico (incluidos tribunales), “soy incapaz de entender su mensaje”.

Así que le he propuesto a Sofía que montemos un blog, o una página, o un grupo en feisbu, para pedirles a los pequeños contribuyentes que nos envíen las perlas de Hacienda. Pero Sofía no se anima, y, si se lo propongo a Javi, Javi dice que vale, pero sólo si es para revolucionar las redes. Porque Javi está convencido de que hay mucha gente que tiene perlas guardadas. ¡Y yo que creía que Hacienda sólo me adoraba a mí!

¡Ay, la palabra! ¡La palabra, que para Gabriel Celaya es un arma cargada de futuro! Para mi amante tributario más parece que es simplemente “un arma cargada”. Mi abuela me diría: “¡Ten cuidado, que las palabras las carga el diablo!” (¿o eran las armas?) Pero a mí empieza a dolerme más sufrirlas en silencio.

 

 

 

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