Industria española: Desafíos actuales y reformas pendientes

Roberto Velasco

La industria es el principal motor del crecimiento, a la vista de sus poderosos efectos de arrastre en otras ramas de la economía. Cálculos recientes indican que cada euro de VAB en  la industria genera 1,4 euros en los demás sectores y que cada nuevo puesto de trabajo  crea una media de 2 empleos fuera de ella. Efectos que provienen, esencialmente, del crecimiento de su productividad, muy superior a la de los demás sectores.

Baste con un ejemplo: en el período 2000-2007, anterior a la Gran Recesión, el crecimiento medio de la productividad industrial en la UE-27 fue del 2,6%, muy superior al 1,1% del conjunto de la economía comunitaria. La industria fue líder indiscutible esos años de los procesos de innovación y cambio técnico, absorbiendo el 80% del gasto privado europeo en I+D+i. Y también ha sido siempre la principal responsable de la enorme expansión del comercio internacional, del que actualmente absorbe  casi el 80% de las exportaciones.

DESAFÍOS ACTUALES

La industria española se enfrenta actualmente a varios desafíos, el más importante de los cuales es el de la productividad, quizás el indicador más relevante a la hora de analizar la “salud económica” de una sociedad. La productividad del trabajo creció en España a una tasa media muy elevada (4,5%) en el período 1961-1995, años en los que superó claramente a los países más desarrollados del mundo, excepto Japón. Pero a partir de 1995 se produce un verdadero calvario, con caídas muy pronunciadas que los expertos atribuyen a la especialización de nuestro país en productos de demanda y contenido tecnológico bajos (que ocupan el 60% del empleo industrial), así como al pequeño tamaño medio de las empresas del sector.

Todo  lo cual, unido a la baja calidad de la educación y las dificultades de acceso al crédito, muy agudizado en los últimos años, crea serios problemas de competitividad interna y externa en nuestra industria. Además, últimamente se ha deteriorado el sistema de innovación español, que ha visto disminuir el gasto en I+D y descender de manera importante el número de empresas con actividades innovadoras. Después de una época de gran crecimiento de los recursos destinados a esta decisiva tarea, que se aproximó a la frontera de los 10.000 millones de euros anuales, a partir de 2008 cae en picado la inversión en I+D, principalmente a causa de los importantes recortes que cabe atribuir a la miopía política del Gobierno, en este caso bien secundado por los ejecutivos autonómicos. De hecho, mientras  en España descendía año tras año el gasto en I+D, tanto el público como el privado, aumentaba el de países como Alemania, Francia, Reino Unido o Polonia, creando mayores diferencias competitivas que pagaremos los próximos años.

Otro desafío de la industria española es el de su internacionalización. La economía española tiene un alto nivel de apertura externa (56,1% en 2011), equiparable al de Francia o Italia, pero aunque hemos llegado a alcanzar una cuota de mercado en las exportaciones próxima al 2% del total mundial, la propensión a vender en el exterior es aún insuficiente cuando comparamos nuestros registros con los de otros países. Y la decepción aumenta cuando se analiza la composición de las exportaciones y se comprueba la baja participación de los productos manufacturados en el total de mercancías: un 69,5%, 10 puntos porcentuales menos que la media de la UE-27 y 15 puntos por debajo de Alemania. Además, durante los años del siglo actual, España ha recortado su participación en las ventas mundiales de la mayor parte de los sectores industriales. 

La preocupación se centra últimamente en la desindustrialización de España, entendiendo por tal la disminución simultánea de la aportación del sector industrial al PIB y al empleo del país. Un hecho fácilmente observable también en Europa en lo que llevamos de siglo XXI, especialmente a partir de la gigantesca ola destructora creada por la economía financiera a finales de 2007. Cinco años después, en 2013, la aportación del sector manufacturero al PIB y al empleo de la UE-28 fue solamente del 15% y el 14%, respectivamente. En ese quinquenio la producción industrial de la UE disminuyó un 12,5% y la española un 31%, ocupando el lugar 26 de la UE-28. 

Los problemas de la industria española vienen, sin embargo, de atrás, curiosamente de la etapa 2000-2007 en la que nuestra economía creció extraordinariamente, con tasas muy superiores, año tras año, a la media europea y llegando a veces  a duplicarla. El contrapunto al fuerte crecimiento del PIB y del empleo le fijó ya en 2008 la Comisión Europea, que situó a la economía española en la cola del pelotón europeo de la innovación, denunciando el crecimiento negativo de la productividad del trabajo (-0,7% de 1999 a 2007), así como que solamente 13 empresas españolas figuraban entre las 700 más inversoras en I+D durante esos años. En definitiva, mientras el PIB aumentaba a fuerte ritmo, la economía española perdía productividad y competitividad a chorros, porque el crecimiento estaba basado en emplear más máquinas, ladrillos y trabajadores de baja cualificación que nunca, para hacer más de lo mismo. La economía española era un coloso con pies de arcilla.

Después estalló la burbuja inmobiliaria y vino lo que vino. En total, desde el inicio del 2008 hasta finales de 2013 se perdieron más de 800.000 empleos industriales y este último año el VAB del sector fue inferior al del  2000.

Al final, en los últimos 15 años (1999-2013) el porcentaje del empleo industrial en el total español pasó del 20% al 13,6% y el VAB del sector del 18,5% al 12,2%. En Cataluña el empleo industrial pasó en ese mismo periodo de representar el 27%  al 18% del total; en Madrid del 17% al 9%; y en Euskadi del 30% al 21%. En cuanto al porcentaje absorbido por la industria en el VAB total, en Cataluña se ha pasado del 27% al 15,9%; en Madrid, del 14,6% al 6,3%; y en el País Vasco, del 27,9% al 21,1%. Una caída relativa muy superior en Cataluña.

REFORMAS PENDIENTES

La desindustrialización de España  resume las negativas consecuencias de los problemas estructurales que aquejan al sector. Pero el problema de fondo es el agotamiento del modelo de crecimiento de la economía española, por lo que resulta ineludible construir uno nuevo que, sin duda alguna, tiene que erigirse en torno a la reindustrialización, un concepto que está siendo puesto en valor como tarea urgente y colectiva en los países más desarrollados del mundo. Tanto así que se ha vuelto a reconocer la relevancia y pertinencia de las políticas industriales por parte de la corriente principal de los economistas y de los líderes políticos, desde todas las posiciones del espectro ideológico.

Naturalmente, un modelo productivo no se cambia de manera automática, de la noche a la mañana, en una especie de adaptación natural a los movimientos del mercado; un modelo de esta naturaleza se modifica cuando los empresarios deciden mayoritariamente invertir en otros negocios, en nuevas actividades. Lo demás son, más o menos, conjeturas.

Lo que parece evidente es que la promoción de la industria, la reindustrialización, tiene que formar  parte esencial de la nueva etapa económica que se abrirá cuando se dé por concluida la crisis actual. Queda claro que, como ha señalado un colega, “sin industria no hay país”. Nuestro desafío consiste en lograr la mejora de la competitividad industrial, para lo que se requiere una política macroeconómica sensible a las necesidades de la industria y de la inversión productiva. Para este nuevo camino la industria española no parte de cero. Por el contrario, hay sectores y empresas que se muestran extraordinariamente dinámicos y muy integrados en las redes internacionales de producción. Lo que conviene recordar para evitar cualquier tentación fatalista.

En definitiva, la industria española no está urgida por la creación de “campeones nacionales”, al estilo francés, sino por la articulación de sectores capaces de producir bienes competitivos en los mercados internacionales. Este es, sin duda, el camino acertado de la reindustrialización que España necesita para mantener el nivel de vida que caracteriza a los países del primer mundo. Un camino que exige abordar reformas en diversos ámbitos, entre ellos los seis siguientes:

Mercado de trabajo. España arrastra un problema de competitividad que hace verosímil, si  no se toman medidas, un escenario de paro estructural a medio plazo en las proximidades del 15% de la población activa. Una barbaridad que, hoy por hoy, es la razón más importante de las desconfianzas que genera internacionalmente la economía española.

La Comisión Europea abrió en la pasada década una reflexión sobre la conveniencia de flexibilizar los mercados de trabajo, conocida como “debate sobre la flexiguridad”, a la vista de que los cambios legales en las condiciones de contratación y despido no eran suficientes para avanzar en materia de innovación, si no vienen acompañados de cambios importantes en materia de negociación colectiva. Una reforma a abordar.

Educación. El principal problema a resolver para la implantación de un nuevo modelo productivo en España es el de la educación en todos sus niveles. Un gran pacto educativo entre los principales partidos políticos permitiría avanzar decisivamente en todos los frentes pero, por lo que llevamos visto, no hay razones para el optimismo.

La Formación Profesional española, por ejemplo, no ofrece las titulaciones ni la formación en habilidades que, según sus representantes, reclaman los empresarios.  Según la OCDE, en 2012 España tenía menos de la mitad de titulados en FP (22%) que el conjunto europeo (48%) y el doble de alumnos que solo han llegado hasta la ESO, un 47% frente al 25% de la UE. Y la Comisión europea ha denunciado que en la última década ha disminuido en un 27% el número de estudiantes de enseñanza superior en ciencias, un serio problema para el potencial innovador del país.

Tamaño. España es un país de microempresas (media inferior a 4 trabajadores) y ello conlleva numerosos problemas de competitividad, como la insuficiente capacidad para soportar elevadas inversiones de capital o el aprovechamiento de las economías de escala, de acceso al crédito, las actividades de I+D o la internacionalización.

–  Energía eléctrica. Uno de los factores importantes de la formación de precios en la industria española es el coste de la electricidad. Según Eurostat, desde el año 2006 el precio se ha elevado un 60% para los consumidores industriales, de modo que en 2012 era un 21% superior al de la media de la UE-27, comprometiendo la competitividad y hasta la misma existencia de los grandes consumidores en sectores tan vitales como la siderurgia, la química o la metalurgia.

Emprendimiento. En España se ofrece un gran número de programas y casi infinitas medidas específicas para ayudar a los emprendedores a iniciar su actividad. Lo cual no significa que exista una auténtica política en esta materia. Para eso es imprescindible la coordinación de los programas y la creación de una red privado-pública de apoyo que asegure una ayuda multisectorial de acompañamiento a la nueva empresa, desde el primer contacto hasta el final del segundo o tercer ejercicio de su actividad.

Financiación PYME. Según el Banco Central Europeo, España es la economía de la UE donde existe un mayor diferencial de coste financiero entre grandes empresas y las PYME, cerca de 280 puntos básicos , mientras en Alemania o Francia no llega a los 150. El mismo BCE aseguraba que en junio del año actual las empresas españolas pagaban una media de 4,6% por un préstamo que en Alemania costaba un 2,9% y en Francia un 2,3%.

De cara al futuro, lo que quizás se echa actualmente de menos en España es un “contrato social”, entendido como un acuerdo sobre la forma de organizar la vida en común que necesita una sociedad pluralista y abierta para poder funcionar adecuadamente. Un contrato que debe contar, entre sus pilares, con una política industrial estratégica. Las manufacturas son imprescindibles para lograr esa santa alianza entre industrialización, conocimiento útil y empleo, porque además tienen la capacidad de generar virtudes cívicas para la democracia. Por eso los países desarrollados están volcados de nuevo en favorecer la reindustrialización. La industria nos salvará.

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Roberto Velasco es catedrático de Economía Aplicada en la UPV/EHU y autor del libro “Salvad la Industria Española” (Ed. Catarata, 2014, 315 pp.)

 

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