Preocupado por mi salud el día que le conté que, al respirar, tenía un dolor agudo en el costado, mi amigo se explayó explicándome que, sin duda, era una costilla rota que estaba tocando el pulmón y me pronosticó un fatal desenlace.
Con más vergüenza que dolor- o al menos con tanta vergüenza como dolor-, allá me fui a Urgencias, previendo el estupor de la doctora. Así que preferí adelantarme a cualquier mirada que me hiciera sentir más ridícula todavía y, a modo de disculpa, lo primero que le dije fue:
-Sinceramente, creo que Internet le ha hecho mucho daño a la medicina.
A lo que ella replicó, sin pestañear:
-Y algunas series de televisión también.
Deduje entonces que los médicos han de lidiar continuamente con las paranoias, aprensiones e hipocondrías de pacientes que han hallado en internet respuesta a tantos males que sufren, males que, lejos de apaciguarse, se acrecientan porque uno siempre puede ir a peor, como todo el mundo sabe y como demuestra ese sabihondo dios digital.
Con todo, Google nos ha facilitado mucho las cosas. Tanto que ahora son vanos los esfuerzos de memoria. En mi pandilla de toda la vida, se acabaron aquellas tardes de discusiones absurdas (sobre los agujeros negros, el condado de Barcelona o el precio de los pisos) con las que nos entreteníamos horas y horas y ponían a prueba nuestros recuerdos y nuestra oratoria. Por obra y gracia de los teléfonos inteligentes, cualquier duda, cualquier controversia es zanjada en un plis-plas. Incluso yo, tan aficionada a hacer de abogado del diablo como a, sibilinamente, ir cambiando de opinión para desesperación de mis contertulios, me rindo ahora antes de iniciar cualquier debate y cedo siempre a priori el triunfo:
-Pregúntale a San Google-, desisto si alguien no desiste antes.
Total, que ahora nuestras conversaciones se centran en un marujeo- muy lejos, no obstante, del marujeo obsceno de algunos programas de televisión-, que se limita al intercambio de información sobre los últimos avatares de cada uno y de sus familias.
Y, por lo que veo, esa confianza religiosa en el sabelotodo Google no es virtud exclusiva de mi grupo, sino que incluso va ganando adeptos entre los mayores.
Hace unos años, una amiga de mi madre, aprovechando que yo tenía previsto un viaje entre la Toscana y Venecia, me pidió un favor: que pasara por Padua y le dejara una limosna a San Antonio. Buscaba así su intercesión para, de una vez por todas, casar a su hijo (40 años). Le traje, incluso, una medallita del santo, que ella escondió en el cabecero de la cama del ‘chaval’; lamentablemente, no hubo resultado.
Hoy no lo haría. Más que San Antonio (o San Alberto, que no sé por qué es el preferido de mi madre para estos menesteres), resultan más efectivas esas plataformas de búsqueda de pareja que te ofrece Google continuamente, a poco que entres una vez en ellas.
Ni ritos religiosos ni paganos. No conozco a nadie que haya ‘disfrutado’ de las nueve olas en la noche de San Juan, ni a ninguna mujer que se encomiende a San Ramón para asegurarse ‘una horita corta’. Para la primero, Google te facilita todas las clínicas de fertilidad habidas y por haber; para lo segundo, la epidural, de la que también San Google te da amplia información, resulta mucho más práctica.
San Google se ha quedado también con el monopolio del trabajo- que antes pedías a San Judas Tadeo-, e incluso de lo imposible – el arte de Santa Rita-.
-Pronto las estrellas brillarán inútilmente sobre el mar, porque los hombres ya no las necesitan para buscar su camino.
-¿Eso es malo?
-No sé si es malo. Sé que es triste.
La carta esférica. Arturo Pérez Reverte
Yo tampoco sé si es malo que San Google se haya comido todo el santoral. Previsiblemente, para mi abuela sería una herejía. ¿O no?
¡Que Dios nos perdone!

























