Educación: la mejor inversión de futuro

Lección inaugural del curso 2015-2016 del Centro Asociado de la UNED en Pontevedra, por el presidente del Círculo de Empresarios de Galicia, Juan R. Güell Cancela

“Para todo en el mundo, para la civilización, para la vida, para el éxito, la guía más fiel es el conocimiento y la ciencia. Buscar una guía distinta del conocimiento y de la ciencia es inconsciencia, ignorancia y aberración”

 

Buenas tardes a todos:

He querido empezar esta intervención con una cita inscrita en la fachada del edificio principal de la Universidad de Ankara, porque creo que transmite perfectamente qué piensa la sociedad de sus estudiantes: ¡Sois una inversión de futuro!

La educación es la clave de nuestros tiempos. No sólo porque es el principal elemento socializador para los más pequeños y garantía de la igualdad de oportunidades, sino también porque la formación, vuestra formación, es la llave de nuestro futuro como sociedad.

Nos toca a todos buscar la conexión entre este presente y ese futuro que vosotros estáis forjando, posiblemente sin daros cuenta. Somos todos- administración, universidades, empresarios, vosotros, estudiantes- responsables de cimentar ese porvenir, propiciando corrientes recíprocas de transmisión de conocimientos: de transferir nuestra experiencia y de contagiar vuestra ilusión; de fomentar el apoyo y la colaboración en la mejora de esta sociedad; de no dejar morir vuestras buenas ideas y de alimentar este flujo intergeneracional que, desde siempre, ha sustentado a la humanidad. Somos, pues, socialmente responsables de nuestro propio devenir histórico.

No es, por mi parte, gratuita la utilización del término ‘histórico’.

Atravesamos una etapa en la que parece que todo ha de apostarse por la ciencia, abandonando facetas más humanísticas. No es ese el debate que quiero provocar hoy, pero sí me gustaría recordar las palabras de un gran comunicador, Javier Fernández Aguado, al que oí decir en una ocasión: “Saber historia no sirve de nada. Pero el que no sabe historia no sabe nada”.

Os necesitamos a todos. Porque las investigaciones y análisis humanísticos pueden explicarnos muchos por qués y pueden prepararnos o advertirnos sobre futuros cuándos y consecuencias. La experiencia ancestral nos ayuda a entender a menudo por qué pasan las cosas… Incluso crisis como la última que hemos vivido. Y no pocas veces nos previene sobre qué puede pasar.

Pertenezco (aunque sea por los pelos) a la Generación X. No me suena muy bien eso de la X, pero así me han catalogado quienes definen a los actuales universitarios como Generación Y o millenials (muchos de vosotros seréis la fuerza laboral más importante dentro de diez años). Pero no os fieis ni de mi edad ni de mi condición de empresario: no me preguntéis a qué os vais a enfrentar.

No lo sé.

Seguramente, a buena parte de vosotros, vuestros padres y abuelos os recriminan por estar todo el día pegados a los móviles o a las tabletas. Puede que en estos momentos alguno esté tuiteando lo que está pasando aquí. Para mí, sería un honor.

Vivís inmersos en las nuevas tecnologías, como nosotros vivimos inmersos en la tecnologías a secas: sin darnos cuenta de que la comunicación, la electricidad, el agua, son parte indispensable de nuestras vidas.

¿A qué os vais a enfrentar?

No lo sé.

Pecaría de ingenuo si arriesgara una respuesta, porque este mundo cambia a un vertiginoso ritmo y un año puede no parecerse a otro.

En el mundo hay hoy 7 mil millones de personas y el número crece todos los días, pero de esos 7 mil millones apenas mil millones están en el primero mundo y el incremento de las comunicaciones hace que cada día sea más patente el distinto nivel de desarrollo de unos y otros. Cada vez más los ciudadanos de países en desarrollo irán accediendo a niveles de vida más altos.

Hay quien augura un futuro con problemas. El internet de las cosas, la privacidad, la robótica… Para muchos de mi generación son cuestiones que provocan temor. Para vosotros, estoy convencido, retos apasionantes…

(Por eso yo soy X y vosotros sois Y).

Sin embargo, no sería por mi parte intelectualmente honrado hacer un pronóstico.

¿Os sorprende si os cuento que hace dos siglos la producción tradicional de tejidos en La India se vio fuertemente afectada por la competencia europea? ¡Si ahora ocurre justo al revés! Y mañana pueden cambiar las cosas.

Vivimos un tiempo en el que, hasta hace poco, el mundo estaba dividido. Oriente y Occidente. Había entonces una enorme brecha entre ambos. Occidente es lo que es gracias a los avances científicos de los últimos 500 años; la diferencia entre Oriente y Occidente estribó en la distinta apuesta por el conocimiento… o la falta de apuesta.

Hoy esa brecha se está reduciendo, y competimos desde Galicia con productores asiáticos, sudamericanos, australianos… Cierto que hasta ahora ellos (en especial, el Sudeste Asiático) ganaban muchas partidas gracias al precio de la mano de obra. Pero está llegando el momento en que nos igualemos también en conocimiento e innovación, e incluso es posible que nos superen.

Esa palabra, innovación, es una especie de suerte en la boca de todos. Tiene sentido.

Tiene sentido que esté en la boca de todos: de la administración, de la universidad y de la empresa. Y ojalá logremos aunar debidamente nuestros esfuerzos para lograr los mejores resultados.

Seguramente muchos de vosotros habéis oído hablar de Silicon Valley, considerado un referente mundial en conocimiento, innovación, investigación y aplicación a proyectos y productos. Posible gracias a la implicación de esa triple hélice: universidad, administración y empresa.

Muchos nos hemos empeñado en copiarlo, porque, si la idea es buena, ¿por qué no copiarla y mejorarla? Y hemos impulsado la creación de ecosistemas de emprendedores y de grupos de inversores privados. Me alegra comprobar que también la UNED cuenta con un curso de Iniciativa Emprendedora Universitaria … (bueno, ya lo hablaré después con la secretaria de la universidad y con la presidenta de la junta rectora, por aquello de promover la cooperación).

Decía que hemos querido copiarlo. Pero no debe de ser fácil replicar el modelo de Silicon Valley, por mucho que nos empeñemos. No debe de serlo porque, a pesar de todos los intentos, ni siquiera lo ha conseguido Estados Unidos. Tendremos, pues, que buscar nuestro modelo con nuestros propios mimbres.

Se me ocurre que tenemos sectores tradicionales con futuro, o con muchas más posibilidades de futuro de las que hoy creemos. Se me ocurre que tenemos cooperativas de armadores o de alimentos procedentes de productos de granja, como Coren. ¿Por qué llevamos más de veinte años oyendo hablar de problemas con el precio de la leche? Quizá sea el momento de dar el paso a una producción de mayor valor añadido. De que no nos vendan mármol italiano hecho con piedra de nuestras canteras. De que no nos vendan marron glacé producido con nuestras castañas. Si no lo conseguimos nosotros, quizás os tocará a vosotros.

Puede que os asuste emprender. Puede que pese más el miedo al fracaso, demonizado en nuestra cultura frente a lo que sucede en países de creencias calvinistas.

Mi amigo Ismael Faro, que es metamentor de Google, un emprendedor nato, un frikie, repite a quien quiera oírlo: “He fracasado siete veces… No me ha ido mal”. También Roberto Tojeiro (padre), fundador de Gadisa, recomendaba: “Crea tu propia empresa, mejor con veinte que con veinticinco años, y arruinarte rápido”.

Cuando se habla de emprendimiento, el fracaso no es el final; a menudo es simplemente un peldaño hacia el éxito, pero sobre todo es una escuela de esfuerzo, en la que volcar lo mejor de cada uno por cada proyecto vital. Resultará o no, pero es base para la experiencia y cimiento para el futuro.

Dejadme hacer una reflexión sobre esa distinta mentalidad que ha imperado en anglosajones y latinos en los últimos siglos.

Ellos vieron en América una nueva tierra de promisión, donde buscaban una vida mejor. Tuvieron problemas, claro, pero Estados Unidos es un país joven que en muy poco tiempo ha entendido qué es la civilización, qué es Occidente. En palabras de Winston Churchill:

“Significa una sociedad basada en la opinión de los civiles. Significa que la violencia, el gobierno de jefes despóticos, las condiciones de los campamentos y la guerra, de la sublevación y la tiranía, dan lugar a parlamentos donde se hacen leyes y a tribunales de justicia independientes en los que dichas leyes se mantienen durante largos períodos… El principio central de la civilización es la subordinación de la clase dirigente a las costumbres establecidas de la población y a su voluntad expresada en la Constitución”. Un lugar donde crecen continuamente la libertad, el confort y la cultura.

Los españoles fuimos conquistadores. A la vista de las interpretaciones anglófilas, buscamos riqueza en las tierras descubiertas y buscamos extender nuestra religión. Ellos hablan de expolio y consiguiente pobreza en ese nuevo continente.

Quizá sea una tesis banal, pero no debemos rechazarla tan alegremente por mucho que nos ponga el pelo como escarpias y no nos guste vernos reflejados de esa manera. También los ingleses hicieron de las suyas, aunque lo callen. Incluso la reina Isabel I nombró caballero a un tal Francis Drake. Y, al fin, las películas empiezan a reflejar que los indios no eran tan malos como pretendían los norteamericanos y que, en las colonias de Su Graciosa Majestad, los ingleses asumieron que para hacer tortilla hay que romper huevos. A buena parte de los analistas anglófilos les falta esa visión autocrítica.

¿Por qué os cuento esto?

Porque no debemos rechazar la sabiduría del otro, por mucho que nuestra opinión o nuestra visión sea contraria. Nos enriquece y aporta a nuestras vidas mucho más de lo que creemos. Y, por encima de todo, se trata de una apuesta por el pensamiento voltariano: “No comparto tu opinión pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla”.

Apliquemos esa máxima más allá de los derechos civiles; también en el mundo de las aulas y de los negocios.

Escuchad al otro. Compartid con él. Colaborad. Trabajad a su lado. Puede haber talento; ¡hay talento en el competidor! Atraedlo hacia vosotros. Haced del debate y del intercambio de ideas la base de la cooperación para grandes (o pequeños) proyectos, o la base del surgimiento de ideas.

He estado en reuniones de ‘brainstorming’, que parecían una carrera para ver quién decía la mayor barbaridad; y no pocas veces ese disparate que provoca carcajadas enciende la luz en la mente de alguien, que, sorprendentemente, lo encauza hacia algo que tiene visos de proyecto o de negocio.

De alguna manera, eso tiene que ver con lo que hoy llamamos coworking y networking.

Hace cinco años mi despacho era una habitación cerrada y forrada en Madera. Llena de fotos, libros y muebles decorativos. Hoy mi despacho es una mesa blanca de metro y medio, rodeada de cincuenta mesas blancas y, en cada mesa, una persona con ganas de crear y hacer cosas nuevas. Todo el que pasa cerca se para y me comenta lo que hace y yo opino, aprendo, reconduzco u oriento y ese enriquecimiento mutuo es lo que nos hace avanzar.

No podemos permitirnos el lujo de seguir perdiendo gente bien preparada, y tenemos que buscar la manera de atraer talento a nuestras universidades, a nuestras empresas; en suma, a nuestra sociedad.

Son muy pocos los líderes que optimizan sus proyectos trabajando solos. Si son líderes es porque saben rodearse de talento, atraer a los mejores.

Emprended sin miedo al fracaso. No hay abismos. Al menos, no hay ninguno tan profundo como para no poder salir.

El empresario es una figura lamentablemente poco considerada en nuestro país.

Pero la mayor riqueza de un territorio es su talento y su deseo de mejorar. Los empresarios representan eso. No hay mayor fortuna para una sociedad que contar con un nutrido grupo de personas que puedan y quieran crear cosas y que quieren hacerlo allí, de donde son, donde se sienten a gusto.

Forjar empresas con raíces en el territorio es la garantía de nuestro futuro.

Empresario es aquel que ha aprendido a levantarse cada vez que cae.

No es una contradicción. Sé que el mundo es cada vez más pequeño y, como os decía antes, podemos estar compitiendo con chinos, peruanos o neozelandeses. Pero, ¿sabéis?, ‘globalización’ no es una palabra inventada a principios de los noventa. No lo es, al menos, para los cientos, los miles de gallegos que llevan décadas pescando en otros mares, y no hace falta recordar que algunas de las principales industrias pesqueras del mundo están radicadas en Galicia. O que Vigo es el primer puerto del mundo en pesca fresca para consumo humano. O que la primera industria textil tiene su sede en un pequeño pueblo coruñés llamado Arteixo. Todo eso es posible porque hay empresarios que se apegan al territorio y han visto que es posible hacerse grandes desde aquí.

Sois la inversión más importante de nuestro futuro.

Y, si antes hablaba de esfuerzo del que otros se ponen como ejemplo, permitidme que reconozca públicamente, en voz muy alta, el que estáis haciendo vosotros: los que habéis visto en la UNED la oportunidad para continuar vuestra formación o una forma de aprovechar nuestras oportunidades; la oportunidad que, por las razones que fuera, no tuvisteis en su momento; los que aprovecháis la oportunidad de mejorar o ampliar vuestra formación; y los senior, que sabéis que la vida es un continuo aprendizaje y encontráis placer en el conocimiento.

Una trayectoria de cuarenta y dos años avala a esta universidad que ha ayudado a formarse, a mejorar o a incrementar la formación de cientos de miles de españoles, gracias a la enseñanza a distancia. ¡Brindo por otros cuarenta años más!

No me gustaría perder la ocasión de ofrecer a la UNED y a todos los que veáis en el emprendimiento una posibilidad de futuro, los servicios de la organización a la que represento.

En alguna ocasión, me he quejado abiertamente porque esto del emprendimiento parece una moda y, como tal, está provocando dispersión de esfuerzos y de recursos.

No puede ser una moda. Esta apuesta, en la que el Círculo de Empresarios de Galicia lleva involucrado desde 2005, no puede ser temporal, sino que debe marcar un cambio de tendencia, sostenible en el tiempo.

Necesitamos y necesitaremos emprendedores y empresarios, porque sin empresa no hay estado de bienestar. Es cierto que los empresarios debemos recuperar valores éticos, que algunos arrojaron por la borda y están pagando por ello. Todos estamos pagando por ello. Y tal vez sea exigible una mayor implicación social, más allá de lo meramente económico y laboral.  También nosotros debemos hacer autocrítica, pero no podemos renunciar a crear y a asentar empresas en nuestro territorio.

Necesitamos, pues, insisto, emprendedores y empresarios, y desde aquí brindo la colaboración del Círculo a la Universidad, a la Diputación y a la Xunta de Galicia para aunar y optimizar esfuerzos y recursos. Para que el emprendimiento no sea una moda pasajera.

Y pongo a disposición de todos los que tengáis una idea o un proyecto, los medios de los que disponemos para el apoyo a emprendedores: desde nuestro Círculo de Valor Senior hasta la Red de Inversores Privados del Círculo.

¿Qué va a pasar mañana? ¿A qué os vais a enfrentar?

No lo sé.

Sin embargo, sí sé que nuestra propia historia, esa que viene marcada por nuestras señas de identidad, posiblemente nos esté indicando el camino, y somos nosotros, y sois vosotros, quienes debemos valorar si ese camino es el más apropiado, si vale la pena. Yo os aseguro que sí.

Muchas gracias.

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