¡Ponga una aldea en su vida!

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Columnistas

¡Ponga una aldea en su vida!

24 feb 2017

Nerviosa, Lola recibe, a sus 80 años, la reprimenda de sus hijos. Sabe, sin embargo, que ha tenido suerte. Los vecinos han acudido enseguida y el agente evitó mirarla. A Luis, con quien moceó siendo rapaza, le fue peor: lloroso, se lo llevaron esposado (un detenido más en la estadística oficial). Le pasó lo mismo que a ella: se cansó de esperar a que los hijos vinieran a ayudarlo a limpiar y a quemar los rastrojos, y aprovechó el primer día que hizo bueno. Como toda la vida. No asustaba el nordés, pero les jugó una mala pasada.

Es lo que tiene el viento. Cuando todos cuidaban de sus leiras, no sucedía nada, pero desde que muchos las han dejado a monte…

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El panadero lleva, por si acaso, una motosierra en la furgoneta. En días de temporal, hace falta para tronzar y retirar los árboles caídos en las pistas, y poder continuar con el reparto. No le preocupa tanto eso (al fin y al cabo, sabe solucionarlo) como que el apagón se prolongue toda la noche. El grupo electrógeno no aguantará tanto.

La anterior etapa de apagones fue paliada después de que, bajo advertencia de sanción, se abrieran ‘pasillos’ bajo los tendidos eléctricos para impedir que los árboles movidos por el viento pudieran afectarles. Ahora los árboles han crecido y los ‘pasillos’ van desapareciendo.

Claro que a veces las causas son otras (nunca terminas de saber cuáles). Cuatro días estuvieron sin luz los vecinos de una aldea próxima, a pesar de que desde el primer momento señalaron, si no la causa directa, sí el punto donde estaba la avería. Treinta segundos tardaron los de la eléctrica en ‘reparar’ el transformador que había ‘saltado’.

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Antonia se desespera. La vez anterior esperó una semana- reclamación por medio- sin línea telefónica. Cuando llegó el operario, dijo que era problema de la otra compañía; sumó dos días más sin teléfono; al fin, se resolvió en diez minutos.

Ahora, otra vez sin línea, la compañía advierte: si la avería es culpa de Antonia, tendrá que pagar el desplazamiento del técnico.

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En la aldea, en cierto modo, se han acostumbrado a ser autosuficientes. Y será así mientras haya vecinos. Más que en ningún lugar, aquí es cierto eso de que “quien tiene un buen vecino tiene un tesoro”. Por supuesto, no faltan el ‘rabudo’, el que ni hace ni deja hacer o el que intenta convencerte de qué debes hacer tú (para que a él le vaya bien sin coste)… o el que aparece, fouciño bajo el brazo porque, en tu buena fe, te has pasado del ‘rego’ limpiando el matorral. Pero hay palabras mágicas (abogado, notario, perito) que ayudan a reconducir las relaciones.

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Los hijos de Lola no vienen desde hace tiempo porque no hay quien arranque a los chavales de la Internet. Lola no tiene, ni sabe para qué sirve. Tampoco hay nada que ofrecer a los chicos. ¡Y que no se presenten sin avisar! La tienda cerró hace años; menos mal que varias veces a la semana el ‘supermercado’ se traslada en furgonete.

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Antonia lleva tres meses esperando que la empresa del alcantarillado le pase el presupuesto. Ahora la empresa dice que tiene que pedir permiso a la diputación para que la canalización cruce la pista; la diputación dice que necesita el presupuesto porque de ello depende la cuantía de las tasas. La empresa dice que necesita unos días para que el capataz de la diputación le explique los condicionantes de la obra. ¿Es Antonia la única que pide permiso a la diputación? La mayoría de los vecinos se conectó al alcantarillado hace un par de años, cuando se hizo, pero ella no podía afrontar entonces el pago y mantuvo la moderna fosa instalada siete años antes. ¿No había condicionantes entonces, o es solo una triquiñuela (o castigo) para demorar la conexión? Triquiñuela o no, es un sablazo: le cuesta exactamente el doble que a sus vecinos.

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Fernando es un valiente. Apostó por un negocio en el rural. A los problemas de luz, teléfono, agua (la acometida para el pueblo pasa de largo por delante de su puerta), alcantarillado, ornato y limpieza (las alimañas se crían en las leiras ‘a monte’ y los jabalíes destrozan los sembrados), se suma la señalización. No le permitieron colocar ni un indicador comercial en ninguna de las pistas. Un plan oficial de señalización va a salvarle la vida… O no. También pasa de largo, y reclama. Consigue que el plan señalice los negocios de la zona… menos el suyo. La explicación es burocrática y tediosa (tres administraciones, cuatro departamentos). Comprensivos en el ayuntamiento, colocan dos indicadores en una carretera… autonómica. Al año siguiente, la diputación se pone en contacto con él y le traslada su sorpresa por el retraso; le colocan otra señal… en una pista del ayuntamiento. Fernando está contento.

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El panadero pasa la noche sin luz, tirando de grupo electrógeno. Por la mañana, despeja varios árboles caídos en las pistas gracias a la motosierra que lleva en la furgoneta.

Al mediodía, en el telexornal hablan de políticas para potenciar el rural, y el panadero piensa: “No entiendo cómo a la gente le gusta vivir en las ciudades. ¡Con lo bien que se vive en la aldea!”

Paca Lijo
Paca Lijo

Responsable de Comunicación. Círculo de Empresarios de Galicia