Lo urgente y lo importante

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Editorial, Opinión

Lo urgente y lo importante

18 jul 2013

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Administrador

Detener la hemorragia del paciente que se desangra y pone en riesgo evidente su vida es- y seguro que los médicos no lo discutirían- urgente. Atender la patología grave que padece ese mismo paciente el día que ingresa con hemorragia, es importante. Distinguir lo urgente de lo importante obliga a priorizar actuaciones para evitar un fin indeseado.

Sirva la metáfora para entender que también en el país hay cuestiones urgentes y cuestiones importantes, y la atención primordial de las primeras no debe ser óbice para ir tomando decisiones sobre las segundas.

Así, urgentes podrían considerarse medidas- algunas de las cuales ya se han puesto en marcha, con mejor o peor fortuna, con mayor o menor profundidad, como la reforma laboral, el equilibrio de las cuentas públicas, el oreo de determinados activos financieros, el fomento del emprendimiento… Medidas, en fin, de reparación – no sólo recuperación- de los agujeros de nuestra economía por los que el sangrado estaba comenzando a adquirir gran velocidad.

Colocados los emplastos, que han de ser sometidos a cuidados y curas especiales, con cambios de apósitos tantos veces como fuera menester, toca ahora tomarse en serio esa ristra de cánceres- unos más grandes, otros más pequeños- que asolan el cuerpo social y que, si no tan fulminantes como un ataque cardíaco, sí pueden conducir también al deterioro y a la ruina.

Hablemos, pues, de lo importante. Hablemos de repensar el Estado y, con ello, de introducir racionalidad al asunto competencial. De la unidad del mercado nacional. De reducir estructuras administrativas cuya existencia implica un elevadísimo coste que apenas se compensa con pacatos servicios. De fusionar municipios y del futuro de las diputaciones. Del Senado, esa cámara sin contenidos que iba para Cámara de las regiones y se quedó en nada. Del destino de las subvenciones en una economía que no se puede permitir financiar lo particular, lo local ni fines demagógicos. De la educación, no sólo como un derecho y un deber, sino también como un servicio a la sociedad y como un acicate para crecer. De sanidad, de pensiones, de servicios sociales, para definir claramente la sociedad a la que queremos pertenecer. De modelos energéticos. De seguridad jurídica, para que no vuelvan a repetirse episodios como el del ‘tax lease’, que ha colocado ahora una espada de Damocles sobre el sector naval…

Y hablemos, por fin, de la financiación de los partidos políticos. Abordemos, de una vez por todas, un problema que cada quince o veinte años salpica a unos y otros y tiene la gravísima consecuencia de generar un estado de opinión preocupante sobre un clima de corrupción política generalizada. Un estado de opinión en el que los peor parados son los políticos, pero que se extiende, como un tumor, hasta crear suspicacias insoportables en la economía nacional e internacional, y en el mundo real.